No cabe duda que el art journaling* es para mí. No siento mi cuerpo. Me despego. No hay luna que me importe. No me detiene ni el hambre. Al menos por un rato, no estoy. Tampoco sé quién soy.
Pinto y respiro. O eso creo.
Si me interrumpes verás en mis ojos —por una décima de segundo— unas pupilas que no enfocan. Una mirada aparentemente perdida. Me verás y no seré yo, hasta el mismo instante en que te sonría. Y te vea.
Cuando pinto me voy por el ruido entre el papel y el lápiz. Me voy a casa. O eso creo.
El camino hasta allí es un quilombo. Lleno de voces, de comentarios, de otras manos que buscan hacerse con el papel.
El camino se parece a estar en la zona de embarque de un aeropuerto colapsado. Todos corriendo, en busca de su puerta empujando maletas. Y tú sentada en el suelo con un cuaderno sobre las rodillas. Pintando en silencio.
Uno de mis grandes miedos es perder la memoria. Una demencia, vamos a decirlo. Cortar con lo que hago, con las personas. Dejar de escribir. Entregar el pasado a otros. Y desconectar la mirada.
Si algún día sucediera, ponedme un cuaderno delante. Del resto ya me encargo yo. Sé dónde ir.
*art journaling: tener un diario visual donde combinas dibujo, pintura, textos, collages, lo que más te apetezca. En mi caso, dibujo y pinto solamente porque para escribir uso otros cuadernos. Por ahora, cada actividad pertenece a dos espacios diferentes.
