Llega el día en que no recordamos cómo eran los ruidos de casa antes de los hijos. Aprendemos a vivir con sueño, con la espalda rota, con la camiseta sucia. No vamos solas ni al baño y cenamos a las 7pm con total normalidad como si lo hubiésemos hecho siempre. Nos cortamos el pelo más corto. Y aunque nos entre la misma ropa, nos sorprenden curvas nuevas. Mierda.
Celebramos sus primeras veces con desmesura. Vivimos un amor tan inmenso que nos inunda, nos observa y nos enciende.
¿Qué es esto que nos hace echarles de menos aún teniéndolos a nuestro lado dormidos?
Un día nos hablan y descubrimos lo rápido que pasa el tiempo. Florecemos cuando termina el puerperio y en cada graduación escolar. Les sonreímos mientras nos duele un poco por dentro, reconozcámoslo.
Caminamos con más decisión. Nos tornamos más selectivas. Perdemos menos el tiempo y valoramos perderlo solas. Cambiamos. Nos perdonamos por todos los libros que no llegamos a leer. Por las citas que cancelamos. Por no llegar donde queremos ir.
Sentimos que se nos detiene un poco la vida cuando miramos la de otras en el bar, en el gimnasio, peinadas, impecables. Somos la que aguanta una rabieta en la calle, la de ojeras en la sala de espera, la del abrazo divertido en la base del tobogán.
Un día atravesamos la ciudad o el mundo y notamos cómo ese amor se estira, hasta que queremos volver corriendo a sus brazos para ovillarlo de nuevo.
